Es un círculo el que lo atrae. Un círculo bellísimo y la sensación de cornisa. Es una esfera inabarcable, en donde está todo y se ve todo. Es el vacío en el estómago que hace recordar al primer día de clase, al cosquilleo que produce una hamaca. Las alturas que invitan a tirarse, el vaivén de montaña rusa. Y admira a ese ser circular. Y lo recorre, con los recursos que le son posibles.
Suele tener como recurso frecuente la escritura. Algo así como un recurso cobarde o asmático o corto. Las palabras ofician nada más que como corta respiración que combate el asma. Y las moldea como arcilla refugiado en las sombras esperando esa luz. Sabe hacer cosas maravillosas en esas sombras y daría lo que fuera para que sean vistas. Y se recluye en las palabras que no son buenas pero se le metieron dentro. Le mienten que son amigas y el hace de cuenta que les cree pero sabe que no es verdad.
Escribe a veces con frenesí o melancolía o alegría o reflexión. Pero escribe con palabras clavadas. Se saca las esquirlas de palabras y las pone en línea. Nada más quisiera poner el corazón.
Escribe como sustituto, usa palabras como escudo, busca frases como resguardo pero sabe que nada de eso sirve. En lo profundo de su alma sabe que una caricia no es una seguidilla de palabras, que un beso no es un párrafo, que un abrazo no es una letra. En lo profundo de su ser sabe que quisiera dejar de poner palabras, párrafos y letras. Quisiera no escribir.